miércoles, 31 de marzo de 2010

Una historia para recordar...


No hay tumbas para la verdad. Graciela Bialet.

El tío Hugo cumplió como siempre su palabra y me consguió el libro que había elaborado la Comisión sobre la Desaparición de Personas. Yo quería revisar ese informe para ver si encontraba el nombre de mi mamá que estaba desaparecida desde la última dictadura militar. Desaparecida. Como si se hubiese desvanecido en el aire, o se la hubiese tragado la tierra, o esfumado como por arte de magia, según parecía creer mi abuela intentando argumentarme la vida con ositos de peluche aún a mis 17 años.
Aquel día a la salida de clases, le dije a la abuela Esther que me iba a estudiar a lo de un compañero que ella no conocía, pero en realidad me fui al departamento de Rogelio.

Por lo que Rogelio me cuenta de aquella época, todo era subversivo: pensar distinto era subversivo, ser joven era un delito subversivo, hacer el amor antes de casarse era promiscuidad subversiva, cantar las canciones de Jhon Lennon era reproducir modelos subversivos, usar el pelo largo y los jeans deflecados era un modo de mostrarse subversivo. Para mí que creer que todo era subversivo estaba de moda. Revisé el libro hoja por hoja esquivando las ganas de vomitar que me producía cada relato.
Leyendo sobre los niños arrebatados de su hogar junto a sus padres, pensé en mi suerte y en mi mamá, abandonándome escondido en el canasto de la ropa sucia. Sólo recuerdo gritos extraños, y a ella diciéndome algo mientras me tapaba con manteles y camisas adentro de un cesto de mimbre. ¿Qué sucedió aquella noche? ¿Por qué me dejaron allí? ¿No me habrían visto? ¿O en realidad yo no estaba ahí cuando secuestraron a mi madre?
Los capítulos se sucedían uno al otro sin mermar su asqueroso discurso.
El mate amargo endulzaba la lectura.
Finalmente, en la página 323 encontré el nombre de mi mamá: Ana Calónico de Juárez, 26 años, secuestrada de su domicilio el 21 de septiembre de 1977.
La vista se me acalambró y se resistía a leer. A regañadientes obligué a mis ojos a dar sus saltos decodificando líneas y letras. Eran sólo seis renglones.
Pensé inmediatamente en no volver a dirigirle la palabra a la abuela, porque si ella había recurrido a todos los organismos de defensa de los derechos humanos buscando a mi mamá, como me había dicho, la habría encontrado hace mucho en esa maldita página 323 igual que yo. Me sentía brutalmente estafado, pero mi curiosidad iba más rápido que la bronca y seguí leyendo.
Así me enteré que mi mamá había sido vista en un destacamento militar usado como centro de detención clandestino llamado La Perla. Allí la habían torturado con electricidad atada a un elástico metálico luego de ser violada por varios guardias, y no se supo más de ella después de que la sacaron de un camión junto a otras dos mujeres. Se presume que fueron arrojadas al pozo de una cantera de cal sin apagar a pocos kilómetros del lugar de cautiverio.
Me florecío un sudor pegajoso en la cara y me quedé ciego no sé por cuánto tiempo. Hubiera querido llorar con calma, pero la furia se me agitaba el pecho arremolinándome los rencores y no me dejaba confrontar como hubiera sido debido.

¡No tenían derecho a obligarme a olvidar! Yo quiera pensar en ella y recordar su rostro, su sonrisa. ¡No les voy a perdonar nunca que me mintieran, porque ocultarme hasta el más mínimo detalle, es como haberme mentido en todo! ¿Qué se creyeron? ¿Vivieron en mí lo que perdieron? la abuela a su hija, Rogelio su juventud. Ellos tienen sus recuerdos, por asquerosos y tristes que sean, ¿pero yo?
Me hubiera arrancado los ojos para que dejaran de pincharme las entrañas y empecé a sentir aquella furia incontrolable de hacía unos momentos. Pero justo cuando estaba envuelto en la peor llamarada de odio, vino a mi rescate una luz infinitamente celeste, como un retazo de cielo desperdigando esencias de vida, y se instaló delante mío la sonrisa de mamá, aquella que me perseguía en sueños por las noches. Ella se plantó frente a mí, en camisón, con su rostro acaramelado de canción de cuna, y acariciándome entre el mimbre de aquel viejo canasto, cantó una canción de cuna extraña:
-"Botón, botella, soy hija de las estrellas.
Camilito, camilón, mi hijo será gorrión".
Vi su rostro joven y sereno. Recordé sus nanas y las figuras que hacíamos con masa de sal cuando volvía de su trabajo. Me acordé de las cuadras que caminábamos juntos desde la guardería a casa, contándome adivinanzas y juegos de palabras que yo trataba de repetir a mi media lengua. Escuché mi voz de niño llamándola "mamana, mamanita...", compactando sus nombres, y ella festejando mi picardía. Sentí su olor a margaritas frescas, su risa de sapo croando hipos que me arrancaban carcajadas, y caricias que ya no quería olvidar.
Su imagen se plantó frente a mí como en una nube de reminiscencias recién cortadas.
Era mi mamá, era ella. Lo supe porque luego de un momento, me recordó aquél: "Te quiero con toda mi alma, hijito; lo mejor que tengo para darte es la libertad. No lo olvides nunca" - con el que me despidió esa noche de horrores entre el mimbre. Entonces me envolvió un perfume salado de recuerdos devolviéndome la paz.
De a poco, la luz celeste se fue esfumando, desgajadamente. Entonces, recobrado de aromas e imágenes, me tiré en la cama de Rogelio y lloré.
Lloré por ella y por mí.
"Ana. Mamá. Mamana..."
Lloré por los años que nos habían robado.
"Botón, botella, soy hija de las estrellas."
Lloré por sus jóvenes ganas de cambiar el mundo.
"Camilito, camilón, mi hijo será gorrión."
Lloré por las horas de canciones que no escuché ni escucharé.
Lloré por las atrocidades que sufrió.
"Mamá. Mamanita..."
Lloré por las noches en que traté de justificar mi esencia de huérfano.
Lloré.
Amarga y pausadamente, hasta que los ojos dejaron de dolerme.


Como empezar a escribir el por qué de ésta elección. Son tantas las emociones que me despierta esta historia, que ni yo misma puedo empezar a expresarlas, muchísima impotencia, dolor y bronca, son algunas de las cosas por las cuales elegí este relato, es muy difícil que una misma historia despierte tantas cosas juntas y sobre todas las cosas la sienta en carne propia. Nadie esta exento de lo que cuenta Graciela Bialet, la autora del esta historia, todos somos argentinos, aunque afortunadamente muchos no lo hayamos vivido, conocemos lo que sucedió, es nuestro deber como argentinos conocerlo para poder decir Nunca Mas, nunca mas a la represión, a la falta de libertad de expresión, de pensamiento, de circulación, al autoritarismo, a la violencia. Esta es otra de las razones por la cual elegí esta historia, para que las personas que todavía no les interesa el tema porque “total ya paso” abran los ojos y cumplan su compromiso como argentinos, si no tuvieron ningún familiar que haya vivido la historia de cerca pueden aprender a escuchar y a solidarizarse con los que si, así dejaríamos de escuchar frases como “algo abran hecho”, hagan lo que hagan nadie se merece ser torturado, y tener ese horroroso final que los argentinos inventamos, ser un desaparecido, dejar de existir como por arte de magia, como si la tierra los hubiese tragado, sin ni siquiera un lugar para poder ser llorados por sus familias.
Como ya mencione la autora de esta historia es Graciela Bialet nació en Córdoba en 1955. Estudió Comunicación social y Educación, y es especialista en Lectura y Literatura Infantil y Juvenil. Publicó varios libros para niños y jóvenes, entre ellos: Nunca es tarde, San Farrancho y otros cuentos; las novelas Los sapos de la memoria y, en esta colección, “No hay tumbas para la verdad”.
-Para más información sobre la escritora: www.gracielabialet.com
-Para leer “Los sapos de la memoria”: http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/4350526/Los-sapos-de-la-memoria-Graciela-Bialet-(pdf).html

martes, 30 de marzo de 2010

La canción que me partió la cabeza




Necesito alguien que me emparche un poco
y que limpie mi cabeza,
que cocine guisos de madre,
postres de abuela y torres de caramelo

Que ponga tachuelas en mis zapatos
para que me acuerde que voy caminando,
y que cuelgue mi mente de una soga,
hasta que se seque de problemas y me lleve...

Y que esté en mi cama viernes y domingos
para estar en su alma todos los demás días de mi vida.
Y que me quiera cuando estoy, cuando me voy cuando me fui,
y que sepa servir el té, besarme después y echarse a reir.

Y que conozca las palabras que jamás le voy a decir
y que no le importe mi ropa, si total me voy a desvestir
para amarla, para amarla.

Necesito alguien que me emparche un poco
y que limpie mi cabeza,
que cocine guisos de madre,
postres de abuela y torres de caramelo.

Si conocen alguien así
yo se los pido,
que me avisen porque es así
totalmente quien necesito.

Elegí ésta canción porque me encanta como imagina su mujer ideal, una mujer que le cocina, lo ama, lo acompaña, una mujer que al igual que el, ve las simplezas de la vida. Que ponga tachuelas en sus zapatos para que baje a la tierra, para que siga soñando y nunca pierda las esperanzas, pero sí viva el presente, y no viva en su sueño, sino que disfrute y aprenda del camino para llegar al mismo. Pero al mismo tiempo quiere que esa mujer especial, lo lleve con su risa a un mundo diferente, donde no haya problemas, y puedan ser libres y felices juntos.
Que no le importe su ropa, ya que esas son cosas menores, no importa lo que se ponga, sino quien es verdaderamente el,
La canción es de Sui Generis, un grupo de rock de los ’70. En sus comienzos hubo mayor cantidad de integrantes, pero la gran parte de la historia del grupo estuvo compuesta por Charly Garcia y Nito Mestre. Vivieron su música en tiempos difíciles, ya que atravesaron la dictadura de 1976, por lo que escribieron canciones referidas al golpe.

Se puede saber mas de la banda en:
http://www.suigenerisnet.com.ar/
http://www.rock.com.ar/especiales/bienvenidosaltren/
http://es.wikipedia.org/wiki/Sui_Generis_(banda)